El elefante encadenado II
"El elefante quedaba sujeto por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo, un minúsculo pedazo de madera enterrado unos centímetros en la tierra. Capaz de arrancar un árbol con su fuerza, podría, arrancar la estaca y huir. ¿Qué lo mantiene ? ¿Por qué no huye?
Alguien me explicó que no se escapaba porque estaba amaestrado.
-Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?
El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca desde muy, muy pequeño. En aquel momento el elefantito empujó, tiró, sudó, tratando de soltarse. A pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era fuerte para él. Se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía... Hasta que un día, un terrible día para su historia, aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante no se escapa porque cree -pobre- que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...
Jorge Bucay
Y continuando con su historia ...
... Y el Elefante, un día que el circo erraba nómadeando por tierras que le traían el recuerdo de su infancia, -porque él había nacido libre-, vagando en pos de las cuatro columnas de marfíl gris del templo que era su madre, escuchó a lo lejos el barruntar de su propia especie, de elefantes que vagaban en libertad, y recordó el imborrable recuerdo del estallido cuasi similar al trueno y como las columnas del templo materno se quebraban, el cuerpo se bamboleaba y se venía abajo como un ídolo con los pies de barro y una nube de polvo se levantó en la meseta cuando su madre cayó muerta al suelo de un disparo.
Luego los tambores.
Y a pesar de que el macho luchó por levantarla con sus colmillos de marfil, no pudo, y a pesar que el resto del grupo le ayudaba solidarios como una piña en torno del cadaver, ella no se movía.
Luego la huida.
Pero el elefantito no sabía correr.
Y el circo fue su casa, su destino.
Ahora, que regresaba a su hogar, al lugar donde había nacido, miraba a través de una pantalla la inmensidad de la meseta y olía el olor de la libertad allá fuera.
Pero no podía.
Un día oyó la llamada de una voz libre, cerca, con su emisor moviéndose tras la maleza y contestó con un saludo de elefante.
Y en aquellos instantes olvidó la cadena que le aprisionaba una de sus patas y un ritual de llamadas, de palabras elefantinas, se establecieron a través de un canal de comunicación impersonal en cierto modo como era el del aire y el del viento que traían y llevaban sus rituales, sus palabras, sus bromas elefantinas, inclusive sus sentimientos.
Aquella hembra mostrose interesada por la palabrería del elefante encadenado y cuando la hora bruja oscurecía el páramo, a través del aire, se contaban sus cuitas hasta las tantas en la madrugada, sin decir nada serio, pues a pesar de ser elefante, la vida era demasiado corta para no tomársela a broma, y eludir la realidad, y cuando se despedían lo hacían con un roce imaginario de trompas, de colmillos entrelazados en la lejanía .
Cuando el día le mostraba la realidad, su pasado le atracaba cual ladrón, el alma.
No podía.
Unos hilos de seda le ataban.
Una cadena le sujetaba a un mástil tan endeble que una hormiga hubiese podido soltar, pero él no era hormiga, era elefante amaestrado.
Y el elefante hembra se acercó al circo, se puso a jugar con la pantera negra a la que pintaban de rosa, con el gran gato al que le ponían un parche para que sólo se le viese un ojo, el gato tuerto, con infinidad de ellos jugó, excepto con el elefante, que atado a una imaginaria estaca de madera, que realmente era aquello lo que le retenía, una imaginaria, un pasado, no había podido acercarse a jugar.
Y el elefante encadenado no la vio partir de nuevo por que no la había visto ni tan siquiera llegar.
No quedes conmigo si no puedes arrancarte la estaca del corazón.
A través del aire, las palabras sonaron a melancolía, y le recordaron su impotencia y los sentimientos contradictorios se mezclaron cual azúcar en café y empezó a cuestionarse si realmente ...
Y el elefante se sentó a esperar a oír de nuevo la llamada aunque fuese en la lejanía y a través del canal del viento.
¿Continuará ?
Alguien me explicó que no se escapaba porque estaba amaestrado.
-Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?
El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca desde muy, muy pequeño. En aquel momento el elefantito empujó, tiró, sudó, tratando de soltarse. A pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era fuerte para él. Se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía... Hasta que un día, un terrible día para su historia, aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante no se escapa porque cree -pobre- que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...
Jorge Bucay
Y continuando con su historia ...
El elefante encadenado II
... Y el Elefante, un día que el circo erraba nómadeando por tierras que le traían el recuerdo de su infancia, -porque él había nacido libre-, vagando en pos de las cuatro columnas de marfíl gris del templo que era su madre, escuchó a lo lejos el barruntar de su propia especie, de elefantes que vagaban en libertad, y recordó el imborrable recuerdo del estallido cuasi similar al trueno y como las columnas del templo materno se quebraban, el cuerpo se bamboleaba y se venía abajo como un ídolo con los pies de barro y una nube de polvo se levantó en la meseta cuando su madre cayó muerta al suelo de un disparo.
Luego los tambores.
Y a pesar de que el macho luchó por levantarla con sus colmillos de marfil, no pudo, y a pesar que el resto del grupo le ayudaba solidarios como una piña en torno del cadaver, ella no se movía.
Luego la huida.
Pero el elefantito no sabía correr.
Y el circo fue su casa, su destino.
Ahora, que regresaba a su hogar, al lugar donde había nacido, miraba a través de una pantalla la inmensidad de la meseta y olía el olor de la libertad allá fuera.
Pero no podía.
Un día oyó la llamada de una voz libre, cerca, con su emisor moviéndose tras la maleza y contestó con un saludo de elefante.
Y en aquellos instantes olvidó la cadena que le aprisionaba una de sus patas y un ritual de llamadas, de palabras elefantinas, se establecieron a través de un canal de comunicación impersonal en cierto modo como era el del aire y el del viento que traían y llevaban sus rituales, sus palabras, sus bromas elefantinas, inclusive sus sentimientos.
Aquella hembra mostrose interesada por la palabrería del elefante encadenado y cuando la hora bruja oscurecía el páramo, a través del aire, se contaban sus cuitas hasta las tantas en la madrugada, sin decir nada serio, pues a pesar de ser elefante, la vida era demasiado corta para no tomársela a broma, y eludir la realidad, y cuando se despedían lo hacían con un roce imaginario de trompas, de colmillos entrelazados en la lejanía .
Cuando el día le mostraba la realidad, su pasado le atracaba cual ladrón, el alma.
No podía.
Unos hilos de seda le ataban.
Una cadena le sujetaba a un mástil tan endeble que una hormiga hubiese podido soltar, pero él no era hormiga, era elefante amaestrado.
Y el elefante hembra se acercó al circo, se puso a jugar con la pantera negra a la que pintaban de rosa, con el gran gato al que le ponían un parche para que sólo se le viese un ojo, el gato tuerto, con infinidad de ellos jugó, excepto con el elefante, que atado a una imaginaria estaca de madera, que realmente era aquello lo que le retenía, una imaginaria, un pasado, no había podido acercarse a jugar.
Y el elefante encadenado no la vio partir de nuevo por que no la había visto ni tan siquiera llegar.
No quedes conmigo si no puedes arrancarte la estaca del corazón.
A través del aire, las palabras sonaron a melancolía, y le recordaron su impotencia y los sentimientos contradictorios se mezclaron cual azúcar en café y empezó a cuestionarse si realmente ...
Y el elefante se sentó a esperar a oír de nuevo la llamada aunque fuese en la lejanía y a través del canal del viento.
¿Continuará ?
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